
Mi nombre es Nerin, hijo de Kadvalaer, aunque en mi infancia me crié sólo con mi madre Nunbha, en una típica casa más bien pequeña de la hermosa ciudad de Kornalina.
Allí en el continente de Mensala, donde las verdes y húmedas colinas llegaban al mar, y suaves y juguetonas se deslizaban hacia él, en una continua pendiente tapizada de hierba verde primaveral, allí se alza la dorada Kornalina. La ciudad se abre al mar, y recibe todas las tardes los rayos del ocaso al ponerse el Sol en el oeste, el malva, el naranja y el amarillo inundan lentamente todas las calles, y mucha gente viaja a la ciudad solo para contemplar uno de estos inmortales atardeceres. A los lados de Kornalina se extienden prominentes dos salientes, como lenguas de tierra se extienden uno a la derecha y otro a la izquierda, cuyos lados caen en acantilados hacia el lado de la playa y hacia el mar exterior.
La suave pendiente, que bajaba hasta llegar a la playa, se encontraba salpicada de casas, todas presentaban un aspecto similar aunque el diseño no había trascendido más allá de las fronteras de la ciudad, y sólo se encontraba hasta entonces en Kornalina. La idea seguramente surgió de la mentalidad de los antiguos fundadores de la ciudad, que intentaron hacer una admirable ciudad aprovechando las desigualdades del terreno y respetando al máximo a la naturaleza.
Debido a la pendiente de las colinas descendientes las casas se acomodaban sobre grandes zócalos de piedra de unos dos metros de alto, a veces más dependiendo del grado de descenso. Las casas se nivelaban sobre un suelo plano, excavando dentro de la pendiente de la colina y pudiendo construirse varios pisos hacia arriba. Desde lo alto la ciudad parecía una gran colonia de hongos. Las paredes de las casas solían ser de madera traída de los países de ultramar en los barcos mercantiles. Comerciábamos con ellos intercambiando el innumerable ámbar que llegaba a nuestra playa. En la parte baja de las casas, después de haber excavado y retirado la tierra para obtener una base firme, solía quedar un local que era empleado por los habitantes para abrir en aquel lugar sus comercios, tabernas y posadas. Allí también se encontraba la entrada principal a la vivienda.
Al abrir la puerta principal a los locales, siempre se encontraba una gran escalera con barandillas realizada en madera o piedra dependiendo de la riqueza de los dueños de la vivienda. La escalera saltaba un pequeño desnivel, y después se extendía el suelo plano pavimentado con suaves cantos rodados. Los locales no variaban mucho su tamaño permitiendo que dentro estuvieran cómodamente unas quince o veinte personas como máximo. Igualmente para aprovechar al máximo el bajo de la construcción los alimentos y demás productos destinados a la venta eran guardados arriba en una habitación del hogar que se situaba arriba en el primer piso. El acceso desde los locales al hogar de la parte superior se realizaba generalmente a través de una estrecha y sinuosa escalera de madera de caracol. Para salvar estas dificultades y que los comerciantes descendieran sus mercaderías cómodamente a su negocio se habían realizado un gran número de recursos. Recuerdo que en la taberna “El Sol Poniente”, poseían un juego de poleas para descender los enormes toneles de madera de hidromiel, cerveza y vino de la casa superior. Los borrachos cantaban canciones y gritaban cada vez más fuerte a medida que bajaba el tonel, éste a veces se desprendía violentamente de las poleas cayendo al suelo y los borrachos comenzaban a pegarse unos con otros por conseguir llenar su pinta de aquel preciado líquido.
Cuando éramos chiquillos solíamos agolparnos en las escaleras de la entrada para ver aquel espectáculo, hasta que venía el gruñón de Peterrolf después de haber puesto orden en la taberna, a echarnos con un buen tirón de orejas, por fortuna siempre pillaban al desafortunado de Servan mientras los demás huíamos echando carcajadas. Las demás casas más pobres, que no poseían comercios en sus locales solían guardar allí grano y víveres, a modo de simple establo, o granero, o también como un simple taller de manufactura.
En la construcción de las casas ocupaba un papel importante el rematar el tejado de una forma original, y cuánto más alto fuera posible mejor, pues más envidia despertaría en el vecindario. Así que todos se afanaban construyendo torres de todas las formas posibles permitidas por la arquitectura y las leyes de la física; aunque éstas no siempre llevaban las de ganar pues siempre había alguno con más suerte de la merecida, que podría echar mano de un antiguo conjuro o pergamino abandonado en desván de su casa y le permitiera construir sus sueños imposibles con la piedra y el metal. Algunas torres se retorcían sobre sí mismas, o jugaban con líneas rectas y espacios abiertos de manera que parecían flotar sobre el aire, otras iban decoradas con piedras de colores que devolvían la luz del sol en múltiples matices y tonalidades. Todas las torres miraban al mar, eran bastante estrechas y a veces solo había lugar para una persona o dos dentro del mirador. Estaban coronadas por un gran pináculo rematado en una gran bola, realizados a base de metales como el hierro o aleaciones como el bronce, también de cristal soplado, o de plata misma como él de la casa del gobernador.
Se sabe que hubo vecinos en el pueblo que resentidos porque los remates en los tejados de sus contiguos eran más altos salían de madrugada y con la ayuda de misteriosos inventos subían hasta la punta de las torres y con una sierra recortaban los pináculos desde su base. Y no se crean, ésta era una de las causas más frecuentes de las que se trataban en los juicios del gobernador. Sin embargo pese a episodios como éstos, que más que otra cosa solían acarrear las risas de los residentes, y que se resolvían generalmente restituyendo el pináculo caído a la misma altura que el de sus convecinos, la vida allí era feliz y existía una gran fraternidad entre todos sus habitantes.
En todo el pueblo habría unas cuarenta casas, todas con la misma disposición, y entre ellas destacaba la Casa del Gobernador, que se alzaba solemne en la ladera norte, y desde donde se podía contemplar todo el pueblo. Su balcón se encontraba en el primer piso de la vivienda, sobre el local más grande de todos los bajos de la ciudad, donde se celebraban los consejos del pueblo. Ese balcón era fantástico de vislumbrar, un diminuto jardín cuajado de flores campanillas, fresas salvajes, rosas y tulipanes multicolores, que la esposa del alcalde se encargaba en persona de cultivar. Solía invitar a los pequeños, entre los que yo me encontraba y nos invitaba a tortas de miel, y sentados allí nos contaba historias y nos enseñaba el nombre de aquellas sorprendentes flores mientras olíamos su fragante aroma.
Los habitantes deseaban disfrutar de una ciudad bella, querían sentir el placer de pasear por aquellas calles pedregosas, y todos quisieron desarrollar la invención del gobernador. Se ordenó que todas las paredes de los locales que daban a la altura de las calles se decorasen con flores de colores, que embriagasen con su aroma a todos los viandantes. Así que se comenzaron a instalar grandes tiestos labrados en piedra en las paredes, desde los que colgaban hermosas plantas trepadoras y surgían las flores cambiantes con cada estación. Toda la ciudad era unos colosales jardines colgantes. Y no solo instalaron tiestos labrados exquisitamente, sino que algunos incluso fijaron a sus muros grandes estatuas a modo de gárgolas, cabezas de leones, siluetas de figuras humanas de guerreros y seres fabulosos; e incluso labraban los muros de piedra de los zócalos con imágenes intrincadas de laberintos, nudos, motivos de animales entrelazados entre sí, falsas puertas y ventanas,... en la ciudad no se encontraban artistas a saldo, sino que cada persona se ocupaba de que su hogar fuera el más bello de toda la ciudad, más por orgullo propio que por otra cosa. Prefiero pensar que poco a poco el orgullo fue transformándose hasta hacer que se convirtiera en una forma de agradar al prójimo.
En Kornalina la envidia, el orgullo y el deseo de superarse convirtió la ciudad en una de las más bellas del continente. Este hecho sería un ejemplo para todos a través del tiempo.
Las calles de la ciudad corrían rectas de derecha a izquierda, alineadas con las paredes de los locales, mientras que para descender hasta la playa era preciso bajar la calle principal que quedaba toda jalonada de escaleras y descansillos con fuentes. En medio de ella había instalada una barandilla para facilitar a las personas mayores su descenso y subida. Antes de llegar a la playa, al final de las escaleras de la calle principal, se extendía una balaustrada de piedra blanca desde la que se podía contemplar la playa. El acceso a la playa se hacía por suaves rampas también de piedra.
La zona más al norte de la playa fue convertida en muelles para los pescadores, y las colinas más altas detrás de la entrada a la ciudad fueron cultivadas para recoger todos los años una fructífera cosecha de grano y paja con la que poder alimentar a los animales en los cercanos establos. Al este quedan las praderas de Noringhan, y más allá los bosques sagrados de Totingham, intocables e impenetrables para la mayoría de nosotros los mortales, que se encuentran bajo el cuidado de los sacerdotes que velan por el espíritu de los bosques.
El ámbar solía recogerse de manera colectiva por todos los ciudadanos del pueblo. Cuando el espíritu del viento soplaba contra la playa provocando una fuerte resaca, era una señal de que al día siguiente la playa aparecería sembrada de trozos de ámbar desgajados del fondo del océano. Como pepitas de oro entre la húmeda arcilla.
Entonces generalmente solía bajar a la playa un representante de cada una de las familias de Kornalina para recoger el preciado tesoro. El resto del pueblo solía también dejarse caer por allí si sus tareas diarias no se lo impedían y solían entonar canciones junto a un bidón de la mejor cerveza, haciendo corros en la playa. De esta manera la tarea de recoger ámbar era mucho más llevadera.
Los niños con los pantalones arremangados sobre las rodillas solíamos acercarnos a los recogedores y ayudarlos en su tarea mientras oíamos los cantos a nuestras espaldas. Era una manera más de pasar la vida cotidiana en la ciudad.
Una vez q se habían llenado los cubos de madera con el ámbar, éste era dividido en la sala del consejo del alcalde en dos partes iguales. De estas dos partes una de ellas era destinada para ser tallada, y realizar joyas con el ámbar. Se repartía entre los ancianos del lugar quienes ya llevaban años y años de experiencia en la talla, y de esta manera se sentían útiles de poder colaborar con la comunidad pese a su edad.
Cuando llegaban los barcos mercantes se les vendía la mercancía, el ámbar en bruto por una parte y el trabajado por otra parte, que alcanzaba en el mercado un precio más alto. Los beneficios sacados de este comercio eran depositados en un fondo común que se destinaba a ayudar a los más necesitados, viudas y pobres, y también para adquirir ciertos productos difíciles de conseguir.
La entrada a la ciudad se encuentra en el punto más alto antes de comenzar a descender las colinas, donde la brisa marina te golpeaba con fuerza en la cara mientras contemplas la ciudad descendiendo hacia la dorada orilla. Allí, en la entrada, se encontraban dos enormes columnas que se elevaban altas e imponentes hacia el cielo, una en el lado derecho del camino y otra al izquierdo, recortándose frente al horizonte. Las columnas son tan anchas que sólo pueden ser abarcadas por cinco hombres con los brazos abiertos tocándose unos con otros con la punta de los dedos de las manos, y tan altas como unos diez hombres uno sobre otro. Las columnas tenían una basa realizada en mármol blanco impoluto, igual que el capitel. Asimismo el fuste estaba todo ello realizado en el mismo ámbar que es recogido durante años y años y otorgando prosperidad a la ciudad, siendo uno de sus distintivos. La verdad es que yo en todos los años que viví en Kornalina nunca pude diferenciar observando las columnas atentamente si los fustes se encontraban realizados todos ellos a partir de un mismo fragmento de ámbar o de varios fragmentos pulidos y encajados perfectamente unos con otros. Era uno de los grandes enigmas de la fundación de la ciudad.
Por las tardes cuando éramos niños solíamos subir allí a merendar y saludábamos a los transeúntes que entraban a la ciudad. Sentados en la descomunal basa de las columnas y con la merienda en las manos nos poníamos a contemplar las columnas, girando poco a poco los ojos a través del fuste y mirando intensamente en su interior buscando boquiabiertos fósiles de mosquitos, arañas y pequeños insectos, que resultaron atrapados en el ámbar, allí dentro, y especulando acerca de aquel fenómeno.
Desde allí arriba partían dos sendas a través de los arbustos y la maleza, una hacia la derecha y otra hacia la izquierda, las dos discurrían junto a los acantilados. El de la derecha conducía al faro, situado en lo alto del acantilado que cerraba la playa junto a los muelles. Fue construido allí para evitar que los barcos se chocaran con los acantilados o quedaran varados en la playa. El comercio se realizaba con las naves mercantes con pequeños botes que salen del muelle con las mercancías y balsas hacia el lugar donde se haya fondeado el barco, las transacciones se realizan en alta mar o sobre el barco mercante y los productos vuelven a ser traídos a la ciudad en las balsas. El muelle sólo permitía fondear en él barcos de poco calado, así que si los marineros deseaban pasar la noche en una taberna de la ciudad debían llegar a la ciudad en un pequeño bote.
El faro estaba construido en piedra, y sobre él ardía un fuego continuamente alimentado por el farero. El faro era la luz, mientras que en el lado contrario se alzaba la atalaya de la oscuridad.
Si las monumentales columnas eran antiguas más aún lo era la misteriosa torre negra que se alzaba en el promontorio izquierdo de la ciudad.
Era una gran torre de material negro pulido altamente resistente, rematada por una ancha plataforma circular sobre ella. Algunos que habían conseguido sobrevolarla utilizando como montura algún animal fabuloso, decían haber observado sobre la plataforma símbolos mágicos profundamente grabados en ella, se hablaba de dos triángulos cruzados, un pentagrama, una estrella de siete puntas, etc. También decían que alrededor de la figura se extendía un círculo también grabado en la roca y del que se desprendían pequeños destellos de color rubí, quizás provenientes de piedras preciosas engarzadas en el oscuro dibujo. Al intentar posarse sobre la plataforma las monturas se ponían nerviosas y ansiaban echar abajo a su jinete, la mayoría conseguían derribarlo en las alturas debido a su alto nerviosismo, por lo que con el tiempo se dejo de intentar acceder a ella.
Nadie sabe desde cuándo se alza allí, ni de que material está hecha, ni cuál era su función, todo alrededor suyo son misterios sin resolver. Las crónicas más antiguas en las que se narra la fundación de la ciudad por el gran héroe Rentyan ya la mencionan. Relatan como los sabios conmovidos por su misterio se acercaban intentando buscar una entrada, y ansiando arrancar algún trozo de ese misterioso metal en el que había sido realizada. Con el tiempo al no arrojar ningún dato conciso empezó a ser relegada a un segundo plano. La vida seguía siendo feliz en el pueblo pese a su sobrecogedora presencia.
La torre siempre se encontraba rodeada de una tétrica niebla en su base, y a nosotros siempre nos tenían prohibido el acercarnos allí. Era peligroso subir hacia aquel risco cerca del acantilado y perpetuamente rodeado de niebla.